3. LA CUIDAD DE LA LUNA (1/2)
Un brujo y un vampiro cargado con una joven pelirroja dormida gracias a la magia, recorrían las calles de la única ciudad en la que Esplendora, la gran Reina, aún no tenía poder. Refugio de todas las criaturas de la Luna que quedaban vivas. Las casas, mal construidas estaban muy pegadas las unas a las otras, apiñadas, los callejones eran estrechos, pasaron por decenas de puertas, decenas de viviendas en la que vivían criaturas de la luna, las criaturas de la noche.
Los dos se pararon frente a una puerta con distintos grabados, en el lenguaje antiguo de la magia. El brujo llamó a la puerta, varias veces.
Una chica de la misma edad que él abrió la puerta. Ambos tenían la misma estatura, el pelo negro le caía lacio por la espalda, llevaba un vestido negro muy ceñido al cuerpo y lo que parecía un piercing en la nariz. Sus ojos oscuros observaron cautelosamente a los dos individuos que se habían plantado en la puerta.
- ¿Qué traéis? –preguntó, seria.
- Déjanos entrar primero, Kristall. Luego te explicamos.-pidió el brujo.
Ella resopló, cediendo el paso. Los dos chicos entraron en la casa. Una vez dentro Kristall cerró la puerta, el vampiro subió ágilmente las escaleras cargando con la chica.
- ¿Quién es?-preguntó Kristall, y luego medio gritó, irritada, dirigiéndose al vampiro.- ¡Dren! ¡Dren ni se te ocurra que la vas a dejar en mi cuarto! ¡La llevas al tuyo! ¡Mi cuarto contiene elementos sagrados!
El vampiro hizo caso omiso a la chica. Pronto los tres se encontraban dentro del cuarto de Kristall, Iziar estaba tumbada en la cama. Era un cuarto pequeño, apestaba a platas aromáticas, más de una decena de bolas de cristal descansaban en una estantería. Había una mesa llena de velas, todas ellas encendidas.
- ¿Vais a responder a alguna de mis preguntas? –inquirió Kristall.
- No sabemos quien es.-Admitió el brujo.- Ni como ha llegado hasta aquí.
- ¿Y porqué la habéis traído aquí? ¿No la veis? Parece una humana corriente y…
- Esplendora tiene gran interés en tenerla en su poder. –cortó Dren, mirándola serio.
- Quizá sea una simple humana.-dijo Kristall.- Su ropa…
- No.-negó Dren.- Huele como un vampiro.
- Será mejor que la despertemos y le preguntemos a ella.-propuso el brujo.
Dren asintió, casi imperceptiblemente. Kristall aguardó, expectante. Sus ojos oscuros evaluaban a la muchacha pelirroja.
Iziar abrió los ojos, sobresaltada. De repente, se incorporó. Lo observó todo y a todos con los ojos muy abiertos.
- Cálmate. No vamos a hacerte daño. –dijo entonces Dren acercándose a ella.
Iziar le reconoció, el vampiro que le había salvado, el chico que lo acompañaba también estaba allí, junto con una chica.
- ¿Quiénes sois ustedes?
- Yo soy Gareth.-se presentó el brujo.- Ella es Kristall, mi hermana melliza. Y él es Dren.
- ¿Y donde…? ¿Dónde estoy?
- En la ciudad de la Luna.- dijo Kristall.- Único lugar en la Otra Dimensión donde sobreviven las criaturas de la noche.
Iziar tragó saliva, asimilando la información. Ahora, se daba cuenta que Jane no le había mentido. Era verdad, había otra dimensión y ella se encontraba atrapada en ella. Y querían atraparla.
-¿Y ellos…? –quiso saber Iziar.- ¿Porqué querían…?
-Se hacen llamar “Los Hijos Del Sol”. Quieren acabar con nuestra raza. Tú eres de los nuestros, por eso te perseguían. Aquí estarás a salvo.-aclaró Gareth, dedicándole una mirada conciliadora.
Encerraron a Terry en una habitación, donde unas cuantas hadas lo prepararon para “La Gran Ceremonia”. Terry seguía sin entender nada, nadie era capaz de al menos aclararle porque tenían tanto interés en él. Una vez que las hadas finalizaron con el joven londinense, lo dejaron solo. Terry se quedó de pie, mirando por la ventana, con el ceño fruncido, el Sol estaba en un punto bastante alto. ¿Cuánto faltaba para que aquella ceremonia comenzara? ¿Dónde estaba Iziar? Se sentía frustrado, fijó su atención en un espejo, y se vio ridículo, parecía que iba a volver a hacer la primera comunión, totalmente vestido de blanco.
Resopló.
Una voz a su espalda lo sobresaltó.
-¿Estas listo?
Terry se dio la vuelta, justo para cruzarse con aquel extraño que decía ser su padre. Aquel al que llamaban Aksel.
El joven asintió levemente con la cabeza. Y luego dijo:
-¿De verdad eres mi padre?
Aquella pregunta fue acogida con una leve carcajada.
-Si no fueras mi hijo, no estarías aquí. Verás, -dijo mientras lo examinaba con la mirada.- antes incluso de que tu nacieras, tu madre se escapó contigo. Porque ella sabía que eras importante. Quería alejarte de nuestro mundo. De tu mundo. Y por poco lo consigue.
-Es decir… que mamá vivía también aquí. ¿Y ella también era un hada?
Aksel asintió.
-Renunció a sus poderes para alejarte de mí. –dijo, y luego añadió.- Pero eso ya está en el pasado, Elden.
-Me llamo Terry –corrigió él.
Aksel miró la ventana. Sin hacer caso a lo que Terry le decía.
-Ya es la hora. –dijo.-Acompáñame, Elden.
-Ya le he dicho que me llamo Terry. –repitió Terry, cuando ambos caminaban por el pasillo.
-A partir de ahora nadie te volverá a llamar por ese horrible nombre humano. Te llamas Elden.
Terry frunció el ceño.
Llegó a una extraña sala, redonda. Esplendora se encontraba allí, tan imponente y encantadora como siempre. El techo de la sala tenía forma de bóveda, y en el centro había un gran redondel por el cual entraba la luz del Sol. Justo debajo de ese agujero en el techo, dibujado en el suelo, había un círculo dorado, en el cual incidían con una fuerza sobrenatural los rayos solares. Centenas de haditas se hallaban rodeando el círculo del centro de la habitación.
Cuando Esplendora los vio llegar se levantó del precioso asiento en el que había permanecido sentada, sonrió a todos los presentes, aunque solo mirara a Aksel y a su confuso hijo.
-Lo que tienes que hacer ahora es sencillo. –le susurró su padre.- Tan solo camina hacía el circulo del centro.
Terry no se movió. Mirando con mala cara el lugar indicado.
-Haz lo que te digo.-aquello sonó como una orden.
El aludido resopló, cansado de tantas tonterías. ¿Acaso la luz solar le iba a explicar que hacía él allí? Eran una panda de chiflados. Obsesionados con el Sol. A lo mejor eran solo una secta de fanáticos, que tenía como ídolo aquella esfera de fuego que brillaba sobre sus cabezas.
En todo aquello iba pensado Terry, mientras que caminaba hacia el círculo. No fue consciente de la realidad, hasta que se encontró justo debajo, rodeado de los rayos dorados. Miró hacia arriba, y sintió como no podía dejar de mirar aquello, como su consciencia se iba esfumando poco a poco. El cambio había comenzado.
Esplendora sonrió, complacida.
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