5. ENTRENAMIENTO
Kristall se pasó horas y horas, sentada con ella en la terraza, mirando libros y libros. Iziar se entretenía mirando a los hijos de la Luna , se dio cuenta de que al allí no haber móviles la gente se reunía y se comunicaba por medio de las terrazas. Gareth le había estado explicando, antes de estar ahí que en aquella dimensión también había parte de las nuevas tecnologías de la dimensión de los humanos, contó que cuando todavía era posible viajar con cierta libertad a la otra dimensión, es decir, cuando el portal principal todavía seguía en pie, la gente de esta dimensión de cuento de hadas viajaban allí y se traían los nuevos inventos. Eso explicaba el frigorífico y el microondas, y también que tuvieran aspecto de antiguos y muy pasados de moda. En la azotea había incluso más actividad que entre las laberínticas y estrechas calles, que normalmente estaban desiertas. Era curioso. Todo tan nuevo. Allí nadie tenía prisa, como en Londres, y se respiraba aire puro, millones de estrellas adornaban el cielo oscuro. Si no fuera por la decadencia de las casas, aquel sería un lugar hermoso.
- No lo encuentro, Iziar.-dijo Kristall entonces.
- No pasa nada. –repitió ella, por enésima vez.
- Es que… nunca había salido un dibujo así en las cartas.
Gareth llegó al rato, y se sentó entre las dos muchachas.
- Yo también he estado mirando haber lo que significaba el eclipse. –dijo, mientras tomaba asiento.
- ¿Has encontrado algo? –preguntó la pitonisa, con cierta ansiedad en su voz.
- Que va. –suspiró él.- Incluso le he preguntado a Dren.
- ¿Y él que te ha dicho? –quiso saber Iziar.
- “Iziar es especial”. –dijo, imitando el tono de voz del vampiro.
Iziar resopló. Poco le importaban a ella los eclipses. Gareth intentó entablar una conversación con ella, le preguntó como era Londres y que hacían exactamente los humanos en su tiempo libre. Y cuando Iziar le estaba describiendo lo que era jugar al futbol, alguien le puso las manos en los hombros. Ella sintió un escalofrío cuando las manos heladas del vampiro rozaron la piel de su cuello. Alzó la cabeza, y él inclinó la suya.
- ¿Lista para entrenar?
Gareth frunció el ceño y bufó:
- ¿Tiene que ser justamente ahora?
Dren arqueó las cejas.
- Anda, -dijo Dren, y le dio una palmadita en el hombro.- Pídele a Kristall que te deje unos pantalones, nos vemos en la puerta de la casa.
Cuando Iziar bajó a la entrada, con ropa cómoda, igualmente negra, Dren la estaba esperando. Apoyado en la pared del edificio, ambas manos metidas en los bolsillos, miraba al cielo.
- ¿Dónde vamos a entrenar? –preguntó ella y luego añadió, al ver que Dren empezó a andar, calle arriba, sin decir nada.- Si puede saberse.
- Vamos a un bosque, que aún es parte de nuestro territorio. –dijo él.
- ¿Hay que andar mucho?
- ¿Estas cansada? –preguntó suavemente, pero con un tono seco.
Ella negó con la cabeza.
Atravesaron un par de calles, pocas para se exactos, hasta que la ciudad dio paso a un bosque. Ella se quedó helada cuando lo vio. Atravesando un arco de piedra, casi derruido, la ciudad acabó y un territorio plagado de árboles largos se extendía ante ella, el bosque era siniestro y a la vez enigmáticamente hermoso.
Iziar lo miraba todo con una mezcla de fascinación, sorpresa y miedo.
Dren se dio cuenta de ello.
- ¿Te parece bonito el paisaje? –dijo.
- Lo es, en cierto modo. Seguro que si los góticos vieran que este lugar existe estarían pegándose entre ellos para entrar.
- Góticos…-Dren dejó que la palabra flotara en el aire.
- ¿No sabes lo que son?
- Una tribu urbana, de tu dimensión. Que intentan imitar esto.
Ella abrió la boca.
- Si te parece, me gustaría enseñarte a luchar, en vez de aprender acerca de costumbres humanas.
Iziar iba a replicar, pero no lo hizo, lo vio innecesario, cuanto antes terminara, mejor.
Dren se quitó entonces la chaqueta, quedando en una camiseta, sin mangas, negra, de cuero, ajustada.
- Comencemos.-dijo, se colocó en frente suya.- Vamos a empezar a desarrollar tu capacidad para esquivar cosas, y la de huir. Créeme, es mejor empezar con eso.
Le dijo que los vampiros poseían una agilidad envidiable, y que debía desarrollarla. La hizo correr a gran velocidad, por todo el bosque, usando los elementos naturales del bosque como obstáculos, ramas, raíces…
Dren siempre iba a su lado y le decía que corriera más rápido, parecía su profesor de gimnasia, solo que este no le decía que hasta su abuela corría más que ella. Iziar no supo cuantas vueltas dio, cuantas veces se tropezó, y cuantas veces Dren le dijo que se levantara, sin ni siquiera acercarse a ver si estaba bien. No, él le pedía que siguiera corriendo. Ella estaba cansada, sentía el sudor deslizándose por su frente, sentía calor, pero también veía como cada vez su velocidad aumentaba, a pesar del cansancio, que sus saltos cada vez eran más altos, pronto de dio cuenta de que estaba corriendo justo al lado de Dren, codo con codo. Este aceleró la marcha, ella también lo hizo, volvió a alcanzarle, incluso intentó adelantarle, pero no lo consiguió, saltaron al mismo tiempo el tronco caído de un árbol, cayeron al suelo, el uno junto al otro, auque Dren consiguió quedarse recto e Iziar se tambaleó un poco. Estaban en frente de un lago de aguas oscuras.
Iziar jadeaba, se apartó el pelo de la cara. Dren se había parado, la miró, sonreía.
- Está bien, para ser la primera vez.-comentó.
- ¿Hemos acabado? –dijo sin aliento.
Él asintió.
Ella suspiró y se dejó caer al suelo, entre hojas secas, cerró los ojos, aún respiraba pesadamente.
- ¿Cansada? –oyó la voz del vampiro.
- Mucho.
- ¿Tienes hambre? –preguntó con suavidad Dren.
Ella se enderezó, abrió los ojos y le miró.
- Si…
- Pues levántate, voy a llevarte a un sitio a comer.
Iziar asintió, sabía que le quedaba un largo trecho por andar, estaba agotada.
- ¿Una carrera hasta el arco? –propuso Dren.
Iziar no contestó, comenzó a correr, estaba agotada, pero no quería parecer una debilucha. Dren la adelantó pronto, a pesar del esfuerzo que puso Iziar en intentar adelantarlo, no lo consiguió, y eso que esta vez no se cayó, ni se tropezó, lo esquivó todo con una agilidad que la sorprendió.
Llegaron al arco antes de darse cuenta, pero cuando paró, se dio cuenta de que sentía las piernas como gelatina, le temblaban violentamente.
- Has ganado.-musitó, sin fuerzas.
Dren se rió mientras recogía su chaqueta del suelo y se la ponía.
Iziar siguió andando, muy lentamente, Dren la guiaba por las calles, llegaron a una puerta, estaba abierta, de dentro provenía el olor a humeante comida.
- ¿Es un restaurante?
Dren asintió. Para acceder había que bajar unas escaleras, y allí en la planta baja vio el interior del restaurante. Varias mesas y sillas de madera repartidas en el espacio, al fondo una barra, donde un hombre gordo, de aspecto siniestro limpiaba vasos, y una muy joven camarera que daba brincos de aquí para allá con platos rebosantes de comida. El local estaba medianamente lleno. Se sentaron en una mesa pequeña, solo para dos.
- ¿Aquí sirven comida para humanos? –preguntó Iziar.
Dren le dedicó una media sonrisa.
- Hay pizza.-dijo.
- ¡Oh! –exclamó ella, con cierto éxtasis.- Genial.
Pronto llegó la camarera, que limpió la mesa. Era alta, sus rizos oscuros le caían por los hombros, llevaba un amplio escote y un delantal blanco, algo manchado. Los labios los tenía pintados de un fuerte color rojo, y llevaba seis capas de maquillaje en la cara.
- ¿Qué te pongo, bonito? –le preguntó a Dren.
- Lo de siempre, Ekata.-dijo él.
Ella le dedicó una encantadora sonrisa, luego miró a Iziar.
- ¿Y tú?
- Pizza de beicon y queso… ¿Qué hay de beber?
- Agua.
- Y agua.
- De acuerdo. Por cierto,-dijo mientras terminaba de apuntar el pedido.- ¿Es tu novia, Dren?
- La estoy entrenado para unirse al ejército.-dijo él, de forma desapasionada.
- Maravilloso.-dijo ella, y se marchó rápidamente.
Iziar se quedó mirándola, ¿Había piropeado a Dren?
Se acodó en la mesa, y medio cerró los ojos. Dren estaba callado. El hecho de oír como la camarera se acercaba, con sus altos tacones, la hizo abrir los ojos. Dejó una copa en la mesa, llena hasta arriba con un líquido rojizo. Sangre.
- Aquí tienes, guapo. –dijo, y le guiñó el ojo; le dejó a Iziar un vaso de agua.
Iziar suspiró, Dren deslizaba los dedos por el borde de la copa, de forma ausente. Sin duda, la camarera se le estaba insinuando a Dren. Y este parecía no darse cuenta de ello. Le dio dos tragos a la copa, mientras que Iziar se había bebido el vaso entero. Fue entonces cuando Iziar, preguntó:
- ¿Hay alguna manera de volver a mi dimensión?
- No.-la respuesta fue cortante.
- Pero… entonces ¿Cómo llegó el ministro de Esplendora a esta dimensión?
Dren suspiró, quedadamente.
- Por un portal, se encuentra en el palacio de Esplendora. No está a tu alcance, Iziar.
Ella abrió la boca para replicar.
- En tu dimensión hay varios portales que llevan a esta dimensión, en Londres, París, Madrid, Berlín, Tokio, Hong-Kong, Nueva York... Pero son solo de ida. No sirven para volver. Solo hay uno de ida y vuelta, y está en las manos de Esplendora.
La joven londinense resopló. La camarera, llegó con una bandeja de pizza. Normalmente no se la comería ella sola, pero tenía un hambre voraz. Ekata no se cortó a la hora de sonreírle al vampiro, e incluso durante unos minutos entabló conversación con él, le preguntó por el ejército y hablaron sobre eso. Luego la llamaron y se fue, brincando sobre sus altos tacones.
- Y Dren, el Portal Principal...
- Está destruido. –la interrumpió él, con frialdad, frunciendo el ceño.
- ¿No hay manera de arreglarlo?
- Claro, con celo y pegamento extra fuerte, si te parece.-contestó, ácidamente.
- No te burles de mí. –protestó ella.
Dren bajó levemente los párpados, no dijo nada, sorbió lentamente la copa.
Iziar prosiguió comiendo pizza, pero de repente la curiosidad ardía en su pecho. Así que, preguntó, mientras cogía una nueva porción:
- ¿Cómo fue destruido el Portal, Dren? Quiero decir… ¿Qué pasó? ¿Por qué se murieron todos los vampiros? ¿Mi padre estaba con los demás vampiros…?
Lamentó en seguida haber dicho eso, Dren había clavado sus ojos en ella de tal manera, que parecía que iba a atravesarla con la mirada.
- Lo pasado, pasado está.-musitó este.
- Pero…
El vampiro adoptó un tono distante, muy distante, como si él fuera la estrella más lejana de todo el universo.
- Nos atacaron.-susurró- Teníamos que proteger una cosa… era una especie de reunión. Se planeaba la reconquista del territorio. De repente ellos llegaron… a nadie le dio tiempo a reaccionar. La gente comenzó a caer muerta.- Calló, luego añadió.- Mi padre se cayó encima mía, le dije que se levantara porque me estaba asfixiando, aunque yo sabia que estaba muerto. Al cabo de segundos todos los gritos se apagaron, y comprendí me había quedado solo… no llegué a ver como destruyeron el portal.
Iziar soltó aire.
- ¿Eso es lo que querías saber? –exigió saber Dren.
Ella no contestó. Siguió terminándose la pizza.
- ¿Sabes? Es la primera vez que hablo de esto con alguien.
- ¿En serio?
Él asintió, luego volcó la copa e Iziar contempló consternada, como pequeñas gotitas de sangre caían en la lengua del vampiro.
No volvieron a hablar el resto del tiempo, es más, Dren se levantó a ver a la camarera, estuvo ausente unos minutos, y luego volvió, justamente cuando ella había terminado la cena.
- ¿Nos vamos?
Ella medio gritó.
- ¿Por qué me das estos sustos? –dijo mientras se levantaba.
- Porque es divertido.-dijo Dren, una vez fuera.
Ella suspiró.
- Para mí no.-dijo.
- Ahí es donde está la gracia.
Iziar le hizo un mohín.
El silencio volvió a reinar entre ambos de camino a casa.
- Oye, Dren…- Iziar tenía que decirle aquello.- ¿Sabes que a la camarera le gustas?
- Ah, a Ekata le encantan los chicos, sean vampiros, hombres lobo…-le restó importancia.
- ¿Y?
- Y no te mentiré. Creo que todos los jóvenes hijos de la Luna ya se han quedado con ella a solas en la cocina de su restaurante.
- ¿Tu también?
- Sería entupido si no aprovechara la oportunidad.-dijo.
- Si en el fondo todos sois iguales. –refunfuñó ella. –Seáis de la dimensión que seáis.
Dren acogió el comentario con una franca carcajada.
- ¿Qué te hace tanta gracia?-inquirió ella.
- Tu forma de ver las cosas. –respondió él.
- ¿Digo muchas tonterías?
- Para nada. Dices lo que una adolescente humana diría en este caso.
Habían llegado a la puerta, Iziar se apoyó en la pared, no podía más.
- No me siento las piernas.-admitió.
- Eres una quejica.-musitó su acompañante.-Yo ya hacia ese entrenamiento a los cuatro años.
- ¿Estás de guasa no?
Él negó con la cabeza.
- Mi padre quería hacer de mí un vampiro fuerte.
Iziar bufó, se iba a caer de rodillas de lo que le temblaban las piernas.
Gareth abrió la puerta, y este al ver que Iziar apenas podía moverse, cargó con ella en brazos hasta su habitación, antes de llegar, Iziar se quedó dormida en sus brazos.
“A la mañana siguiente” Iziar se levantó con un fuerte dolor de piernas. Le dolía todo el cuerpo. Dren la volvió a llamar quejica, Kristall le preparó una bebida que según ella, le aliviaría el dolor. Y nada más acabarse el penoso desayuno Dren y ella se fueron de nuevo al bosque, esta vez Dren le hizo recorrer otro camino distinto, ir y volver. Luego, más cerca del arco, le enseñó unas tres técnicas de defensa, en una de ellas, debía de coger a su agresor de la muñeca, y volcarlo de espaldas al suelo, era un movimiento rápido, a continuación se paralizaba al atacante dándole un fuerte golpe en la cabeza. Esta era la más difícil, y la que más le costó conseguir. Pues Dren era él que hacia de atacante, y su oponente era ágil y totalmente imprevisible. Unas doce veces fueron en las que Dren la tiró a ella, al suelo, unas doce veces Dren le dijo que se levantara, sin ni siquiera ayudarle a levantarse. Dren era tan frío. Hasta que al final, Iziar, furiosa porque el vampiro siempre la ganaba, cuando él se le acercó por detrás, como las otras doce veces, ella se dio la vuelta, le agarró la muñeca y antes de que a él le diera tiempo a reaccionar, le tiró al suelo, de espaldas. Pero cuando Iziar se disponía a atizarle en la cabeza, este se dio la vuelta y se levantó de un salto, lo hizo en un abrir y cerrar de ojos.
- Piensa rápido.-fue lo único que dijo, antes volver a intentar arremeter contra ella. Iziar no fue tonta, usó la primera técnica de defensa que había aprendido, patada y luego puñetazo. Funcionó.
Sonrió, agotada y satisfecha.
Dren se había vuelto a levantar, se estaba poniendo su chaqueta, le dedicó una media sonrisa.
- Aprendes rápido.-dijo.- Pero golpeas muy flojo, y todavía tienes que aprender a moverte más rápido.
Iziar ya caminaba hacia el arco, y sin ni siquiera mirarle dijo:
- Uno: Este es mi segundo día de entrenamiento. Dos: A ti te golpeo flojo porque no me apetece hacerte daño. Tres: ¿Vas a invitarme a cenar, otra vez?
Dren ya había llegado a su lado, juntos atravesaron el arco.
- Vale. –respondió el vampiro.
Ella sonrió.
- ¿Qué hay aparte de pizza?
- Podrías mirar la carta, leer no le hace daño a nadie.-respondió él.
- Podrías ser más amable, eso si que no le hace daño a nadie.
Dren la miró de forma gélida, pensó que lo había herido, u ofendido. Pero no era así, entrecerró los ojos y dijo:
- Mira que te quedas sin cena.-luego se rió, bastante bajito.
Iziar le miró aturdida.
- Pensé que ibas a enfadarte.
- Que va. ¿Te has dado cuenta de que nunca dices nada con maldad? Te admiro por ello.
Eso la dejó sin aliento.
- ¿Cómo dices?
Él le dedicó una media sonrisa, ciertamente enigmática, mientras que bajaban las escaleras hacia el restaurante.
- Las hadas no pueden decir nada con maldad, aunque lo intenten.-explicó.- Y tú eres también en parte hada, por eso tienes el coraje de un hijo de la Luna y esta forma de ser tan… por ser mestiza.
- ¿Lo que me estás diciendo es algo bueno no? –dijo Iziar, mientras se desplomaba en la silla, sin fuerzas. Cogió la carta y se puso a ojearla.
Ekata llegó al momento, le guiñó un ojo a Dren, y le preguntó que quería, ella pidió sopa.
- Pues claro que lo que te digo es bueno.-dijo entonces Dren, cuando la indiscreta Ekata se había marchado.
Eso de ir a entrenar por la mañana se hizo parte de la rutina de todos los días, Dren seguía siendo frío, seguía sin preocuparse por si se hacía daño en los entrenamientos, decía que tenía que aprender a ser fuerte. Aunque cada día los entrenamientos eran más duros, practicaba luchando contra Dren, luego iban a cenar al bar o a casa con los mellizos, o se iban al bar con los mellizos.
Gareth y ella solían charlar en la azotea durante horas, era muy agradable estar con él; incluso un día se lo llevó a un claro del bosque para enseñarle a jugar al futbol, ya que desde que Iziar le había empezado a hablarle de este deporte este se había mostrado interesado en él. Lo mejor fue cuando Kristall también se unió al juego. Era muy divertido verlos a los dos corriendo detrás del balón, con las largas túnicas negras, intentando inútilmente marcar en la improvisada portería elaborada con ramas de árboles. Eran Kristall y Gareth contra Iziar. Iziar los dejaba ganar, nunca le había interesado mucho el futbol, al contrario que su hermano Terry, que era capaz de ver unos seis partidos al día en distintos canales de la tele, que no se aburría. Y ella siempre los veía junto a él, aunque no le gustara, nunca era capaz de decirle que no quería ver eso.
Mientras que estaba pensando en Terry, Gareth estaba a punto de marcar, fue entonces que Dren salió de entre la maleza, le arrebató el balón a Gareth, y en pocos segundos ya había llegado a la otra portería, chutó el balón que entró en la portería. Gareth soltó una exclamación.
Dren llegó hasta Iziar.
- ¿Gol?
- Gol- afirmó ella.
Gareth y Kristall los miraban extrañados.
- Cuando alguien marca en portería se llama gol.-explico Iziar.
- Ah.-soltó Gareth.- ¿Seguimos jugando?
Dren negó con la cabeza, luego miró a Iziar.
- ¿Hoy vas a saltarte el entrenamiento?
Ella resopló.
- Dren…-le miró implorante. –Anda, quédate y jugamos.
Se sorprendió de que Dren accediera y de que pasaran las horas jugando al futbol, incluso Dren se apuntó al juego, Gareth y él, contra Kristall e Iziar.
Cuando todos volvían a casa, charlando, menos Dren que se mostraba ausente y callado, como siempre, Iziar se sorprendió del día que había pasado. Se había divertido. Por una vez había jugado al futbol sin que nadie la echara, sin que los amigos de Terry se burlaran de ella, sin que su hermano pequeño tuviera que defenderla. Por una vez tenía algo parecido a amigos, por fin tenía personas interesantes con las que pasar el rato. Eso no lo tenía en Londres. Se dio cuenta de que ya llevaba más de un mes allí con ellos. Llevaba un mes entrenando, parecía que el tiempo se había detenido, era agradable estar en esa ciudad, que era a pesar de todo acogedora. No le importaba la eterna oscuridad, es más, cada vez le gustaba más aquella interminable noche. No había horario.
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