4. EJÉRCITO
Kristall le mostró a Iziar el cuarto de baño, era tan minúsculo como el resto de las dependencias de la casa. Kristall se había propuesto arreglarla para que pareciera una autentica hija de la Luna. Tras darse un buen baño, Kristall le llevó lo que debía de ponerse. Una vez que hubo terminado con ella e Iziar se miró al espejo, apenas se reconoció. Llevaba un vestido, negro y rojo en la parte de arriba, que estaba formada por una especie de corsé, y luego una falda de gasa negra que apenas le llegaba a las rodillas, medias negras y unas botas del mismo color. Le quedaba algo estrecho. Nunca se había vestido así, siempre había ido con gruesos jersey y pantalones de pana.
Kristall la miraba complacida.
- ¿Qué te parece?
- Nunca creí que llegaría a vestirme así…
- Pero ¿Te gusta?
Dio una vuelta sobre si misma.
- Sí, mola mucho.
Tras esto, Kristall procedió a enseñarle la casa. La salita y la cocina ya la conocía, luego estaba el cuarto de los padres, pasó junto a la puerta del cuarto de Gareth, más allá estaba el de Kristall, ella misma le explicó que tenía tantas velas y bolas de cristal porque era pitonisa, y tenía el poder de ver el futuro de los demás. Aunque todavía no lo controlara muy bien. Había que bajar unas escaleras para llegar al cuarto del vampiro. Luego llegaron a una azotea. Fin del Tour. Pudo observar la ciudad, de noche, decenas de casas mal construidas y muy pegadas las unas a las otras se extendían por el horizonte, divisó una enorme Torre, de piedra, el edificio más alto de toda la ciudad.
- Ese es el Palacio de nuestro Rey. –susurró Kristall, al ver que lo observaba.
Ella asintió, miró hacía abajo, tan solo se veían terrazas como en la que se encontraban, las terrazas tenían actividad, había varias personas de aspecto tétrico charlando en una cercana, y las dos distinguieron que se trataba de Gareth y Dren, que hablaban con un altísimo y pálido chico, de pelo negro ralo y ojos claros. Llevaba una capa negra, rasgada y sus pantalones con cadenas rodeándole las pantorrillas.
- ¿Quién es ese hombre? –preguntó Iziar.
- Se llama Sombras. –dijo ella.- Está formando un ejército para luchar contra Esplendora. Es un brujo bastante poderoso. No le conozco mucho…
Gareth las divisó desde la azotea, les saludó con la mano y les indicó que bajaran. Kristall asintió, y en un ligero movimiento, agarró a Iziar, obligándola a saltar hasta la otra azotea, con ella. Iziar gritó. Las dos chicas aterrizaron sanas y salvas a pocos metros de donde se encontraban los tres muchachos.
- ¿Qué pasa? –preguntó Kristall.
Iziar estaba situada a la espalda de la pitonisa, la presencia de aquel chico la intimidaba a pesar de la amplia sonrisa pintada en su rostro, siempre había estado al lado de Terry, él había sido su protector, su guía… apenas sabía que hacer si él no estaba a su lado.
El brujo de la capa se fijó en ella.
- ¿Es la que habéis encontrado en los territorios de Esplendora?
Gareth asintió y solo entonces se fijó en el aspecto nuevo de Iziar, le guiñó un ojo a la pelirroja.
- Interesante.-meditó Sombras.
- Sí.-dijo entonces Dren.- Y se alistará al ejército con nosotros, Sombras.
Sombras miró más detenidamente a Iziar, los dos mellizos le dedicaron una interrogante mirada a Dren. Este estaba calmado, totalmente seguro de su afirmación.
- ¿Cómo? –articuló Iziar.
- ¿Crees que esta chica está capacitada para luchar? Yo la veo muy… endeble. –observó Sombras.
- Lo estará.- apostilló el vampiro, con una enigmática media sonrisa, grabada en sus labios.- Después de que yo la entrene.
Sombras alzó las cejas, divertido.
- ¿Tú te vas a hacer cargo de ella?
- Exacto.
- Buena suerte, vampiro. –fue lo último que dijo Sombras antes de desaparecer de un salto, entre las azoteas.
- ¿Por qué has dicho eso? –casi le chilló Iziar.
Dren no dijo nada, de un enorme salto subió a la azotea de la casa de los mellizos y entró de nuevo por la ventana.
Iziar resopló. Kristall la miró divertida, Gareth frunció el ceño.
- ¿Te teletrasporto a casa y hablas con él? –le propuso Gareth.
- Por favor.-Sea lo que sea eso.
Gareth la tomó de las manos, y ambos aparecieron en la salita.
Iziar le soltó. Ya estaba empezando a acostumbrarse a ver lo que normalmente veía en películas o en los libros de fantasía que ella leía.
- ¿Por qué ha dicho eso Dren? ¿De verdad va a entrenarme para alistarme a un ejército?
Gareth se encogió de hombros.
- Dren… está distinto desde que te encontró. Aunque cuando se le mete algo en la cabeza…-apretó los labios.
Iziar estaba a punto de estallar. ¿Qué se había creído aquel vampiro que era ella?
- ¿Dónde esta Dren? –fue lo único que dijo.
- En su cuarto, seguramente…
Iziar se apresuró a subir las escaleras, dejando al brujo hablando solo, llegó a la tercera planta de la casa, y luego comenzó a bajar las irregulares escaleras que llevaban al cuarto del vampiro.
- ¡Dren!
Se había quedado completamente a oscuras, aunque era capaz de ver en la oscuridad. El pasillo se había echo mucho más estrecho. Alguien un poco más grueso que ella no podría atravesarlo. La escalera era de caracol, y cuando se topó con una puerta, se sentía ciertamente mareada, a pesar de ello, aporreó la puerta con fuerza.
- ¡Dren!
De repente la puerta se abrió, Iziar no se sobresaltó. Se mantuvo firme, seria. A pesar de que estaban totalmente a oscuras, podía ver el pálido rostro del vampiro, de rasgos perfectos, y de ojos plateados, como dos lunas llenas.
- ¿Qué ocurre? –dijo él, suavemente.
- ¿Cómo que qué ocurre? ¿Qué es eso del ejército?
- Por si no te has dado cuenta, estamos en guerra. –dijo como si aquello fuera obvio.
Iziar apretó los puños, furiosa.
- Por si no lo sabes.-dijo imitando de forma burlona el tono frío del vampiro.- Esta no es mi guerra, ni es mi mundo, yo soy…
- ¿De Londres? –inquirió Dren. -¿Junto a tu hermano Terry y tu “madre” Jane?
Ella abrió la boca, perpleja.
- ¿Cómo… como sabes tú eso?
- Yo sé más de ti, de lo que tú crees. Sé de donde vienes, y a donde iras. –dijo, en un susurro apenas imperceptible, su voz sonaba cansada, Iziar no se molestó en agudizar el oído para ver lo que el vampiro decía. Así que protestó:
- ¿Tan malo es que quiera volver a Londres? ¿Vivir una vida normal?
- Tú no eres normal, Iziar. Ni tú, ni Terry.
- ¿Le conoces? –su voz sonó sorprendida.
- No. –la respuesta fue inmediata y absolutamente cortante.-Nunca le he visto. Pero sé cual es su destino. Su misión.
- ¿Entonces?
- Iziar…
- ¡No! No quiero que me tu también me digas que Terry quiere matarme, es mi hermano. Él no haría eso. Quiero… necesito volver a verle…
- Comprendo. Jane te habló de nosotros. Pero –la miró a los ojos.- Ella no quería que volvieras a la Dimensión, quería seguir ocultándote entre humanos, por ello no te contó la verdad. Muy egoísta por su parte… -refunfuñó, luego añadió clavando sus enormes ojos en ella.- En ese caso, debes de saber perfectamente la razón por la cual te perseguían. ¿No es así?
Iziar tardó en contestar, ¿porque él sabía todo aquello? El nombre de su madre, el de su hermano… ¿Sabría quienes eran sus padres?
- ¿Por qué soy mestiza? –vaciló al decir aquello.
- Bingo.
- ¿Qué tiene eso de malo?
- Al contrario, en estos momentos posees más poder que ningún ser de esta dimensión. Lo único que pasa es que está oculto en ti, nunca has podido desarrollar tu potencial. Es hora de que lo utilices, le plantes cara a tu destino.
- ¿Mi destino?
- Todos tenemos uno. Desde que nacemos.
- ¿Sí? ¿Y cual es mi destino?
- Salvar a los Hijos de la Luna. ¿Por ejemplo?
Iziar abrió mucho los ojos.
- ¿Qué?
Dren se rió, su risa era algo seca.
- ¿Te parece divertido?
- Mucho. Tu mentalidad es tan humana…
Ella gruñó.
- Déjate de decir tonterías. –Soltó ella, negándose a creer aquello- Yo ni siquiera soy una vampira. Si no… yo que sé… habría ido por Londres mordisqueándole el cuello a la gente… o me repelerían los ajos, ni me vería en los espejos o habría atracado un banco de sangre…-paró de hablar al ver el rostro de Dren.
La miraba entre molesto y divertido, alzó las cejas indicando que estaba diciendo estupideces.
- Es decir, que según tú, yo que soy también un vampiro voy por la calle mordisqueándole el cuello a la gente y demás blasfemias que sabrás sobre nuestra raza. ¿Qué sabes acerca de los vampiros, Iziar?
- Toman sangre…
- Eso es cierto. Sigue.
- No soportan los ajos, no se reflejan en los espejos, la luz del Sol es mortal para ellos…
- Los ajos saben mal, simplemente, y la luz solar no nos hace daño, hace que estemos incómodos y que nuestra capacidad a la hora de luchar disminuya; la luz solo nos afecta cuando es un tipo de luz especial…
Iziar dejó de escuchar. Recordó su sueño, aquella luz que hería, aquella luz que entró en su casa, aquel miedo irracional.
- No me estás escuchando.-La voz de Dren, cortante y fría la sacó de sus pensamientos. –Se supone, que si quieres que te convenza de que eres medio vampira, tendrías que escucharme. Es más razonable.
Ella apretó los labios.
- ¿Y el tema de los dientes?
- Todavía no has probado la sangre. ¿O en Londres la sangre humana era un postre tradicional? –ironizó.
- Eso es inhumano.
Dren sonrió, como el chico malo de las películas, enseñando sus blancos colmillos.
- Es cuestión de supervivencia.
- Es horrible. –terció Iziar.
- Es nuestra naturaleza.
Esa respuesta no se la esperaba.
Iziar estaba cansada de aquella conversación. No sacaba nada en claro. Dren la reliaba aún más. Decidió terminar por fin lo que había venido a hacer.
- ¿Y que pasa con lo del ejército?
- ¿Quieres volver a ver a tu hermano? –dijo entonces él.
Iziar levantó la cabeza, clavando sus ojos en él, asintió rápidamente.
- Permite que te entrene, únete al ejército, de una manera u otra te encontrarás con él. Esta es tu guerra, Iziar. La tuya, la mía, la de tus padres, la de los míos, la de tu hermano... ¿Qué me dices?
¿La de Terry? Pensándolo bien, si Terry era el hijo del ministro de Esplendora no le ocurriría nada, estaría a salvo, seguramente igual de confundido o más que ella, quizás también estaba intentando encontrarla, aquello la llenó de alegría. ¿Dren quería entrenarla? ¿Por qué no? Terry y ella se encontrarían, tarde o temprano. Entonces ya tan solo volverían a Londres, con Jane. Todo volvería a la normalidad. Tan solo tenía que informarse de cómo volver, pero sin que Dren se enterara.
- De acuerdo.- accedió.
Vio como los labios del vampiro se curvaban en una ligera media sonrisa.
- Iré a recogerte para entrenar, cuando sea conveniente. –iba a cerrar la puerta.
- ¿Y eso cuando es?
La puerta se cerró.
- Cuando yo quiera.-se oyó desde detrás de la puerta.
Ella resopló, miró hacia arriba, ahora le quedaba volver a subir aquellas horribles escaleras.
Cuando llegó a la segunda planta, realmente mareada, zarandeó la cabeza, pensó en irse a su cuarto a descansar, dormir un poco. Cualquiera sabe a que clase de entrenamiento la iba a someter Dren. Aquel ser tan misterioso e impredecible. Fue entonces cuando oyó voces que venían de la salita. Eran las voces de los padres de los mellizos.
- Ese ejército no saldrá adelante. –era una voz femenina.- Si Esplendora derrotó a todo el ejército del Rey… acabando prácticamente con los vampiros, con más de la mitad de nuestra población… y todavía no sabemos como lo logró ni porque estaba el ejército allí reunido.
- Sombras está intentando hablar con el Rey. –intervino Lars.
- Es inútil. Todos lo hemos intentando. –cortó Kait-Lan. –El Rey parece estar muerto, es posible que se haya podrido allí encerrado. Y además, nadie ha podido entrar en el palacio.
- Es todo muy extraño.-susurró Lars. - ¿Y Dren va a entrenar a Iziar?
- ¿Nunca has visto luchar a Dren?
- No…
- Ten en cuenta de los padres de Dren debían de ser parte del ejército del Rey. Pues él conoce las técnicas de lucha ancestrales… puede que haga un buen trabajo con Iziar.
- ¿Y esa muchacha? ¿De donde habrá salido? ¿Qué clase de familia de vampiros se mudaría a la Dimensión de los Humanos? Y es más, le ocultarían a sus hijos su verdadera identidad…
- A lo mejor por eso estaba el ejército allí reunido, junto al portal, querían escapar a la Dimensión de los Humanos… ¿Y si hubiera más vampiros esparcidos por Londres… o cualquier lugar de la otra dimensión? –dijo Kait-Lan, pensativa.
- No. Todos los cuerpos fueron identificados. Desaparecieron 3.000 personas. De las cuales 1.540 eran vampiros, los demás cadáveres formaban parte del resto del ejército, ya sabes, hombres lobo, brujas… -concluyó Lars.
- A la mayoría de las brujas las quemaron cuando nos separaron por raza ¿Recuerdas?
- Esplendora nos ha masacrado desde el primer día en el que subió al trono. Y lo peor… es que hagamos lo que hagamos. Pronto nos extinguiremos.
Las voces se apagaron. Iziar lo había escuchado todo. Pensó en Dren, el único superviviente, de toda su raza, sin contarla a ella. ¿Su padre habría muerto junto a los del vampiro? Pensó de nuevo en ir a descansar a su cuarto, pero al pasar por la puerta de Kristall, se quedó plantada a su lado. La habitación despedía en extraño hedor, y se la oía cantar una extraña retahíla. Palabras sin sentido.
- ¿Espiando los rituales de mí hermana, Iziar?
Era la voz de Gareth.
- No…-dijo.- Pero ¿Se puede saber que está haciendo?
- Practica el arte de hablar con los muertos. –dijo, con tono de burla.
- Ah, suena divertido…-ironizó ella.
El brujo se rió, y de repente la puerta del cuarto se abrió. Y Kristall salió de la habitación, con un pañuelo rojo estampado liado a la cabeza.
- ¿Quién osa perturbar la paz de mi ritual?
Tanto el brujo como Iziar comenzaron a reír.
- Jo, Gareth, ya estaba logrando la conexión. ¿Por qué no te vas a estudiar hechizos aburridos? ¡Que siempre estas flojeando, nunca estudias!
- No, yo me doy descansos.
Iziar observaba la pelea entre hermanos divertida, fue entonces cuando se dio cuenta de nunca Terry y ella habían discutido. Y se dio cuenta de por qué, ella nunca cuestionaba a Terry, siempre le daba la razón, siempre había dependido tanto de él, nunca había demostrado su valía, una muñeca de trapo que necesitaba que unas manos la sostuvieran para poder reaccionar ante mundo que la rodeaba.
Sacudió la cabeza, alejando esos pensamientos de su cabeza.
- Oye Iziar…-dijo entonces Kristall.- ¿Por qué no me ayudas a practicar?
Gareth soltó una exclamación, sorprendido.
- ¿Ayudarte como?-quiso saber Iziar.
- Deja que te eche las cartas y acierte tu futuro. –pidió ella, ya la había cogido de las manos, y tiraba de ella hasta el interior. Sin ni siquiera haber dado una respuesta. Gareth entró junto a ellas.
La habitación estaba llena de velas encendidas, un cráneo humano estaba encima de una mesilla, rodeado de velas, y en el espejo que había junto a la mesilla, palabras escritas en un idioma que Iziar no entendió. Gareth se sentó en la cama, se cruzó de piernas.
- ¿Estas segura, Kristall? Las cartas son un asunto serio.
La joven londinense pensó que también decía aquello de broma, pero cuando sus ojos azules se cruzaron con los ojos oscuros del brujo, vio que hablaba muy en serio.
- ¿Qué tienen de malo las cartas? –preguntó ella.
- Nada.-se apresuró a decir Kristall.
- ¿Es que acaso no tienes mucha experiencia en esto? –intentó adivinar cual era el fallo en aquello.
- No, no. –negó Gareth.- Es una maestra echando las cartas, y adivinando el futuro, aunque ella no lo reconozca. Lo que pasa es que el futuro de cada persona es muy personal y…
- Bla Bla Bla –fanfarroneó Kristall, haciéndole mohines a su hermano.-No pasa nada, Iziar. A mi hermano se le ha secado el cerebro por haber leído demasiados libros aburridos y que no servían para nada.
Ella suspiró.
- Venga va.-No tengo nada mejor que hacer.-Échame las cartas o lo que sea.
Kristall se sentó en el suelo, en frente de Iziar. Esta se sentía metida como en una especie de historia terrorífica de noche de Halloween y en un sueño gótico. Se imaginó a Samantha Jones, la gótica que asistía a su mismo instituto, extasiada y maravillada ante aquel mundo.
Kristall barajó las cartas, las colocó en el suelo, entre el espacio que había entre ambas.
- Dame tus manos.-dijo.
Ella obedeció, sentía la mirada de Gareth clavada en su nuca.
Kristall comenzó a recitar, soltó una de sus manos, y comenzó a remover las cartas. Cuando la extraña melodía que estaba entonando acabó, miró a Iziar, seria, y dijo:
- Ahora, coge cuatro cartas.
Ella siguió las instrucciones.
- No les des la vuelta, hasta que yo te diga ¿Vale?
Iziar asintió, nunca había creído en la magia, en la fortuna… ni en los vampiros y ella al parecer era una. Por lo tanto no sabía como tomarse aquello.
Las escogió al alzar, casi sin mirar.
Luego se las entregó a Kristall, esta apartó las cartas restantes, y les dio la vuelta a las cuatro escogidas, y cuando Iziar las vio, quedó totalmente aturdida.
- ¿Me estas timando? Están en blanco.
Gareth no pudo evitar reírse.
- Shh, calla.- le reprendió Kristall, muy metida en su papel de médium.
Iziar seguía sin saber como reaccionar a eso.
La pitonisa cogió una de ellas, pasó sus dedos a través de ella, y apareció el dibujo de una espada rota por la mitad. La pelirroja abrió la boca, perpleja. Durante unos minutos reinó el silencio.
- Alguien cercano a ti va a traicionarte.-dijo Kristall, mirándola a los ojos.-Eso es lo que significa la espada rota.
Iziar apretó los labios.
Apartó la carta y cogió otra.
En esta apareció una calavera, un cráneo humano manchado de sangre, a lo lejos se veía una especie de una puerta abierta, por la que se veía varios edificios de la dimensión de los humanos.
La pitonisa se mordió el labio.
- Una muerte, la muerte de un ser muy querido… no veo claro quien va a ser, no me preguntes… esta muerte encadenará un viaje.
Iziar frunció el ceño. ¿Persona muy querida? ¿Terry?
Sacudió la cabeza, desechando aquella idea.
Kristall retiró aquella carta junto a las otras, y sacó una nueva. En ella estaban representados dos corazones. Uno era negro, que estaba rodeado de espinas y sangraba, y el otro de color dorado, envuelto en una urna de cristal. Iziar entrecerró los ojos, esperando una explicación. Su amiga tardó un poco en hablar, después de observarla con detenimiento. Soltó una exclamación, que le recordó a una vecina suya de Londres, la chismosa Lisa Barlow cuando se enteraba de algún chismorreo, los ojos marrones de la pitonisa la miraban, de forma risueña.
- ¿Es de amor, verdad? –inquirió Iziar.
Kristall asintió.
- Avisé: El futuro es muy personal. –interrumpió Gareth.
- Oh, cállate Gareth. No seas aguafiestas. –le reprendió su hermana.
- ¿Qué dice la carta? –quiso saber Iziar.
- Dos chicos van a enamorarse de ti, dos chicos con personalidades opuestas. –comenzó a decir, con delicadeza. – Ah, y…
Kristall no terminó, su hermano le dio un fuerte codazo, para que se callara.
- ¿Y? –Iziar quería saber aquello ahora. Nunca nadie se había enamorado de ella, es más, ella se había enamorado de varios jóvenes ingleses, rubios y de ojos claros, demasiado pijos y metidos en círculos sociales no comunes, con lo cuales siempre le habían resultado inalcanzables, todo se había quedado en amor platónico. La mayoría de las chicas de su clase ya iban pavoneándose de haber besado a un chico, y algunas tenían de ex a medio instituto.
- No, nada, nada. –dijo Kristall, ante lo que Iziar gruñó, desechó la carta. Ya quedaba la última.
En esta apareció la imagen de un eclipse solar.
Pasaron minutos antes de que Kristall, reconociera totalmente azorada:
- No sé lo que significa.
Su hermano frunció el ceño. Kristall bajó la cabeza.
- Lo miraré en los libros está tarde… averiguaré lo que significa… -intentó disculparse la pitonisa.
- No importa.-cortó ella, suavemente.
Nada acerca de Terry, una traición, la guerra, dos chicos que se iban a enamorar de ella… y un eclipse solar. Ese era su futuro según las cartas de Kristall. Nada de regresar a Londres ni de ver a Terry. A ella no le preocupó, sabía que iba a lograr salir de aquel mundo loco.
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