jueves, 21 de abril de 2011

Inmortalidad. Capítulo 2. (2/2)



-         Llévate a Terry a dar un paseo por ahí, Aksel y yo tenemos que hablar.-había ordenado Esplendora.
Y una hadita de piel delicada, vestido malva fuerte, y pelo color lila recogido sobre la nuca en una coleta, apareció, y asintió con la cabeza.
- Terry-dijo la Reina.- Ella es Delia, una de mis mejores pupilas, se encargará de vigilarte. Delia, no le quites los ojos de encima a Terry.
- Si señora.
Se llevó a Terry a unos jardines que como el resto del palacio estaba sobrecargado de flores, de color, el sol brillaba sobre la cabeza ambos muchachos.
El hada andaba a su lado. Terry fue él que rompió el silencio, su cabeza era todo un torbellino de preguntas sin respuestas:
-         ¿Y se puede saber…?
-         Ah, ah, ah…-rió el hada.- Cuando el Sol llegue a su cenit, todo lo comprenderás.
Terry se mordió el labio inferior, confuso.
-         Pero yo…
-         Cuando el Sol llegue a su cenit.-repitió ella, con suavidad.
-         ¿Y cuánto queda para eso?
-         Siete horas.
El muchacho resopló, se sentía tremendamente cansado. Aún llevaba su pijama blanco, iba descalzo y tenía ganas de gritar a causa de la ansiedad. Tenía la necesidad de encontrar a Iziar…  
Fue entonces cuando ambos oyeron voces cantarinas a sus espaldas.
-         ¡Delia! ¡Ven un momento!
El hada suspiró,  se dio la vuelta y antes de desaparecer por el portón de hierro, advirtió, con su tono encantador:
-         No te muevas, ahora mismo vuelvo.
¿Y a donde querrá que vaya? Pensaba Terry irónicamente, mientras caminaba por la orilla de un estanque. A los pocos minutos se dio cuenta de que no estaba solo en los jardines. Había alguien sentado en la otra orilla del estaque. Era una mujer. Llevaba una túnica blanca que le quedaba grande, estaba tremendamente delgada, sus rizos, dorados como el sol caían desordenados sobre sus finos hombros.
Tras unos momentos de vacilación, decidió acercarse a ella, a lo mejor podía aclarar algunas de sus dudas. Rodeó la orilla hasta llegar a su lado. La mujer estaba quieta, había metido los pies descalzos en el agua y miraba al cielo.
-         Oiga.
Ella se volvió hacía él, sobresaltada. Sus ojos eran del color del cielo, pero en ellos se reflejaba una tristeza y amargura infinitas. Su expresión asustada pareció relejarse al verle. En cambio se quedó callada. Salió del agua y se sentó en la orilla, abrazada a sus rodillas.
Terry se sentó a su lado. No sabía como entablar una conversación con ella.
-         ¿Eres un hada? –fue lo único que se ocurrió.
Ella asintió.
-         ¿Y… y porque tú no tienes alas? Esplendora…
Su nombre pareció turbar a la mujer, que chilló.
-         No menciones su nombre.-despegó los labios al fin, su voz era débil y quebradiza.
El joven no supo que contestar. Pero ella siguió hablado.
-         ¿Quién eres?
-         Soy Terry… de… la Otra Dimensión.
 La mujer abrió los ojos al máximo, lo miró con horror… con miedo.
-         ¿Has venido solo? –preguntó una vez se hubo calmado.
-         Sí… pero se supone que mi hermana tendría que haber venido conmigo. ¿Sabes donde puedo encontrarla?
-         ¿Cómo se llama ella? -fue su respuesta.
-         Iziar.
La mujer se ocultó el rostro con las manos. Gimió de dolor.
-         ¡Terry! –Delia lo agarró por el pijama, con fuerza, furiosa, y lo arrastró hacia otro lado.- ¿Se puede saber que haces?
-         Yo…
-         No te acerques a ella. Está loca.-le advirtió.
Terry la miró desde lejos, se había quedado encogida sobre sí misma, llorando, balanceándose. Daba pena.
-         ¿Por? –quiso saber.
-         Ella no es pura.-explicó.- Manchó su sangre. Deshonró a la familia real. Cometió el gran error. Por esos le cortaron las alas y no se le permite salir de palacio.




martes, 12 de abril de 2011

Inmortalidad. Capítulo 2. (1/2)

2. LA OTRA DIMENSIÓN

Iziar cerró su maleta, llena de una escasa cantidad de ropa. Antes de irse, se aseguró de meter la cámara de fotos en un ancho bolsillo que poseía su pantalón, si no podía estar con Terry se llevaría al menos las fotos que había en aquel cacharro. Pero fue, cuando se calzaba las botas, cuando se dio cuenta de la claridad que había en su cuarto, a pesar de que no había encendido la luz y la persiana estaba echada hacia abajo. Frunció el ceño. Subió la persiana, y comprobó que todo estaba nublado, es más, llovía levemente. ¿De donde venía esa luz?
Oyó entonces un grito, pasos, alguien subía la escalera. Iziar salió de su habitación, asustada. Jane llegó cojeando, cayó a sus pies.
-         ¿Mamá? –su hija se arrodilló junto a ella.- ¿Estas bien?
Su madre la agarró del cuello de la camisa, casi con violencia, y mirándola a los ojos, dijo:
-         Vete… sube al ático… la puerta blanca, escóndete allí.
-         ¿Qué esta pasando?
-         ¡Haz lo que te digo! –chilló su madre.
Iba a abrir la boca y a replicar, a decir que se le había ido la cabeza, pero entonces, cuando vio la claridad que poco a poco inundaba las escaleras, cuando descubrió que era aquella luz que hería… Un miedo irracional se apoderó de ella, y corrió a refugiarse al ático. Y detrás de muchos trastos viejos, que tuvo que sortear, llegó a la puerta que le había indicado su madre. La abrió de golpe y de nuevo encontró aquella enorme claridad, intentó huir, pero la puerta se la tragó.

Aterrizó en medio de un pasillo de piedra. Se enderezó, aturdida. ¿Dónde estaba? Giró la cabeza hacia el lugar donde debía de estar la puerta, pero se encontró con una gruesa pared de piedra. Golpeó la pared. ¿Estaba soñando? Tras unos minutos de vacilación, se decidió a seguir hacia delante, para ver a que lugar conducía ese lugar.
Salió del pasillo y llegó al exterior, se quedó pasmada, avanzando a través de la senda que se extendía a lo largo del territorio. Estaba rodeada de un bosquecillo, muy hermoso, el césped de un color verde intenso, los árboles, grandes  y robustos, con hojas de colores,  flores, grandes y de colores vivos.
El cielo azul y el Sol, el ardiente Sol brillando sobre su pelirroja cabeza.
Siguió caminando, rodeada de aquel maravilloso paisaje, parecía que había entrado en un cuento de hadas.
Iziar iba pensando, que o estaba soñando, o aquella locura irracional de su madre se le había pegado… o Jane decía la verdad.
Llegó hasta una especie de pueblecito, de casitas de colores, flores de brillantes colores por todos lados.  
En el pueblo la gente era extraña, o más bien, como el resto de cosas de aquel lugar: parecían haber salido de un cuento de hadas.
Iziar daba vueltas sobre sí misma, observándolo todo. Por las calles andaban hadas, personas con orejas puntiagudas, chicos con túnicas blancas que arrastraban el suelo. Todos vestían ropas tan livianas, algunas de esas haditas, ropas demasiado transparentes, los cabellos de aquellas personas, eran de todo tipo de colores, pero todos vivos: Rosa fucsia, verde, naranja, celeste…
Pero no había ninguna persona con el pelo negro, ni pelirroja, como ella.
La gente se quedaba mirándola, a medida que pasaba por su lado. Ella desentonaba, pelirroja, vestida con vaqueros y un jersey grueso de lana. Tenía calor, allí hacía Sol, demasiado Sol.
Se sentía mareada.
-         Eh, pequeña. –oyó ella a su espalda.
Iziar, alarmada, se dio la vuelta, y se encontró con dos amigables señores de pelo color azul, que sonreían y llevaban túnicas blancas con un sol de lentejuelas doradas en el pecho.
-         ¿Tú…? ¿Qué criatura eres?
Iziar se quedó muda.
-         Mírala.-dijo el otro.- Esos ojos azules son de hada, está claro. Pero su piel… es demasiado blanca, y ese pelo… ¿rojo?.. ¿Qué clase de cosa eres tú?
Iziar no sabía que decir.
-         Estoy en un sueño…-dijo, y se pellizcó el brazo. Pero no ocurrió nada.
-         No, niñita. Estás en la realidad. Dime… ¿Cómo se llama tu madre?
-         Yo… no lo sé.
-         ¿Y tú padre?
-         Tampoco. Soy… soy huérfana y me he perdido.
-         No lo entiendo.-dijo uno frunciendo el ceño.-Ella no es normal. Apesta a vampiro y a la vez… esos ojos son de hada.
¿Vampiro? ¿Hada? Iziar se sentía muy confusa.
-         Ya sé quién es.-casi gritó el de la derecha con el brillo del reconocimiento en la mirada. –El engendro que se escapó. ¿Sabes cuanto nos dará Esplendora por ella?
Problemas. Iziar no lo dudó más, comenzó a correr y se internó en el bosque.
-         ¡El engendro ha llegado! –Oía gritar.- Atrápenla. Antes de que se escape.
¿Engendro? Así la habían llamado.
Se escucharon más ruidos.
-         ¡Ella ya está aquí! –gritaban.
Ella corría. Pronto empezó a oír muchos más pasos que la seguían. Giró la cabeza y vio de reojo a esas preciosas criaturas que corrían detrás de ella. Como si hubiera hecho algo malo. Corrió y corrió. Los pulmones le ardían y sentía que sudaba bajo su grueso jersey. Entonces tropezó, rodó por el claro del bosque,  chocó contra el tronco de un árbol, sintió que el pie le crujió, y notó punzadas en el tobillo. Fue incapaz de levantarse, pero cuando se giró vio a todos aquellos seres, mirándola.
-         Tú fin. –dijo uno, con su sonrisa amigable.
-         No debemos matarla todavía.-dijo un hada de pelo naranja, sonriendo de oreja a oreja. – Esplendora se enfadaría.
¿Por qué sonreían? ¿Por qué actuaban de esa manera? ¿Cómo podían decir aquello con esa voz tan melodiosa, tan dulce…?
-         Yo…-jadeó Iziar.- Yo… no os echo nada.
-         No eres como nosotros. No eres buena. No vales. Basura. –dijo uno del pelo azul, automáticamente, como si lo hubiera estado repitiendo millones de veces, hasta aprendérselo de memoria.
El mismo que acababa de hablar se aproximó a ella, alargó sus manos y entonces se oyó un ruido extraño, salido de la espesura del bosque.
Y una figura masculina salió de la maleza, tan ágil como un felino, rápida como el pensamiento, se abalanzó sobre el de pelo azul, los dos rodaron por la hierba. Esa sombra siseó, amenazante.
- ¡Un vampiro! –exclamó alguien, con horror.
Él se levantó, alzó su cabeza, tenía una melena de finos mechones rubio cenizo, las puntas de su cabello eran de un gris oscuro casi negro, ojos grises, trasparentes y límpidos, del mismo color de la luna, su piel era pálida y perlada, delgado, llevaba ropajes negros ajustados, iba elegante, y sus manos iban cubiertas por guantes blancos, finos y limpios. 
Abrió su boca, por la que asomaron dos grandes colmillos, afilados.
Su aspecto era sereno, tranquilo, parecía que nada podía alterar su actitud relajada.
El hombre del pelo azul yacía sin conciencia sobre el césped.
-         Dejadla.-siseó el vampiro enseñando los dientes, sus ojos relampaguearon.
No tuvo respuesta, de modo que curvó su boca en una socarrona sonrisa y saltó, abalanzándose sobre la multitud, era rápido como un rayo, se movía con tanta agilidad. Acertaba cada golpe, sus movimientos parecían haber sido estudiados detenidamente.
Ellos corrieron, asustados.
Iziar sintió como le tocaban el hombro. Gritó.
-         Tranquila.-oyó a su oído.
Vio allí a un chico de ropajes negros y rasgados, largos que le arrastraban, su pelo negro eran también largo, tanto que casi le llegaba a la cintura, y le caían por los hombros. Sus ojos eran grandes y marrones. Le sonrió.
El chico vampiro se había agachado junto al cuerpo del pelo-azul y cuando inclinaba ya su cabeza sobre su cuello, el otro chico chasqueó los dedos varias veces, para llamar la atención del otro.
-         Eh, ya comerás más tarde.
El otro se volvió, se levantó de un salto y dijo.
-         Tienes razón.-dijo, mientras se aproximaba a ellos. Andaba recto, sus movimientos eran todos suaves y ágiles.
Iziar frunció el ceño.
-         No me mires así.-siseó el vampiro.-A ti no te morderé.
Ella no comprendía. Era incapaz de asimilar todo aquello.
-         ¿Qué querían de mí? –preguntó entonces.
El vampiro se inclinó, fijó sus ojos en ella y dijo:
-         No lo sabemos. Pero si te perseguían con tanto ímpetu es porque eres importante. Decían que Esplendora te buscaba… -el resto de la frase quedó en el aire, el vampiro la miraba pensativo, parecía atravesarla con sus ojos grises.
-         ¿Quién es Esplendora?-preguntó Iziar incómoda.
-         La “Reina”. Si es que la quieres llamar así.-dijo el de pelo negro, que estaba de pie, a su lado.- Ella es… uhg… odiosa. Cree que nosotros por ser de la Luna no merecemos nada, nos odia... En realidad nos teme, por eso quiere acabar con nosotros. Pretende destruirnos y…
-         Reprime tu odio, Gareth. –lo interrumpió el vampiro, fríamente.-Por el momento será mejor llevarla a un sitio seguro.
-         ¿Qué? –farfulló ella, confundida.
-         Vamos a llevarte a un sitio lejos de los que te perseguían.-aclaró el chico de pelo negro.
Iziar les dirigió una mirada interrogante, cuando el vampiro la cargó en sus fríos brazos, y el otro muchacho recitó una sarta de palabras sin sentido. Todo se volvió borroso.