- Llévate a Terry a dar un paseo por ahí, Aksel y yo tenemos que hablar.-había ordenado Esplendora.
Y una hadita de piel delicada, vestido malva fuerte, y pelo color lila recogido sobre la nuca en una coleta, apareció, y asintió con la cabeza.
- Terry-dijo la Reina.- Ella es Delia, una de mis mejores pupilas, se encargará de vigilarte. Delia, no le quites los ojos de encima a Terry.
- Si señora.
Se llevó a Terry a unos jardines que como el resto del palacio estaba sobrecargado de flores, de color, el sol brillaba sobre la cabeza ambos muchachos.
El hada andaba a su lado. Terry fue él que rompió el silencio, su cabeza era todo un torbellino de preguntas sin respuestas:
- ¿Y se puede saber…?
- Ah, ah, ah…-rió el hada.- Cuando el Sol llegue a su cenit, todo lo comprenderás.
Terry se mordió el labio inferior, confuso.
- Pero yo…
- Cuando el Sol llegue a su cenit.-repitió ella, con suavidad.
- ¿Y cuánto queda para eso?
- Siete horas.
El muchacho resopló, se sentía tremendamente cansado. Aún llevaba su pijama blanco, iba descalzo y tenía ganas de gritar a causa de la ansiedad. Tenía la necesidad de encontrar a Iziar…
Fue entonces cuando ambos oyeron voces cantarinas a sus espaldas.
- ¡Delia! ¡Ven un momento!
El hada suspiró, se dio la vuelta y antes de desaparecer por el portón de hierro, advirtió, con su tono encantador:
- No te muevas, ahora mismo vuelvo.
¿Y a donde querrá que vaya? Pensaba Terry irónicamente, mientras caminaba por la orilla de un estanque. A los pocos minutos se dio cuenta de que no estaba solo en los jardines. Había alguien sentado en la otra orilla del estaque. Era una mujer. Llevaba una túnica blanca que le quedaba grande, estaba tremendamente delgada, sus rizos, dorados como el sol caían desordenados sobre sus finos hombros.
Tras unos momentos de vacilación, decidió acercarse a ella, a lo mejor podía aclarar algunas de sus dudas. Rodeó la orilla hasta llegar a su lado. La mujer estaba quieta, había metido los pies descalzos en el agua y miraba al cielo.
- Oiga.
Ella se volvió hacía él, sobresaltada. Sus ojos eran del color del cielo, pero en ellos se reflejaba una tristeza y amargura infinitas. Su expresión asustada pareció relejarse al verle. En cambio se quedó callada. Salió del agua y se sentó en la orilla, abrazada a sus rodillas.
Terry se sentó a su lado. No sabía como entablar una conversación con ella.
- ¿Eres un hada? –fue lo único que se ocurrió.
Ella asintió.
- ¿Y… y porque tú no tienes alas? Esplendora…
Su nombre pareció turbar a la mujer, que chilló.
- No menciones su nombre.-despegó los labios al fin, su voz era débil y quebradiza.
El joven no supo que contestar. Pero ella siguió hablado.
- ¿Quién eres?
- Soy Terry… de… la Otra Dimensión.
La mujer abrió los ojos al máximo, lo miró con horror… con miedo.
- ¿Has venido solo? –preguntó una vez se hubo calmado.
- Sí… pero se supone que mi hermana tendría que haber venido conmigo. ¿Sabes donde puedo encontrarla?
- ¿Cómo se llama ella? -fue su respuesta.
- Iziar.
La mujer se ocultó el rostro con las manos. Gimió de dolor.
- ¡Terry! –Delia lo agarró por el pijama, con fuerza, furiosa, y lo arrastró hacia otro lado.- ¿Se puede saber que haces?
- Yo…
- No te acerques a ella. Está loca.-le advirtió.
Terry la miró desde lejos, se había quedado encogida sobre sí misma, llorando, balanceándose. Daba pena.
- ¿Por? –quiso saber.
- Ella no es pura.-explicó.- Manchó su sangre. Deshonró a la familia real. Cometió el gran error. Por esos le cortaron las alas y no se le permite salir de palacio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario