lunes, 28 de marzo de 2011

Inmortalidad. Capítulo 1.

Veamos, chicos, esta es una historia que recientemente terminé. Aquí os va el primer capítulo. Cada semana subiré uno nuevo. Ya saben, lean, comenten y opinen plis ;)

Inmortalidad




1. EN MUNDOS OPUESTOS

<<Voy a sacarte de aquí>>

Iziar se incorporó de su cama con un grito, respiraba pesadamente, y el pijama se le pegaba demasiado al cuerpo por culpa del sudor. Cerró los ojos e inspiró lentamente. No era la primera vez que soñaba con aquello. Llevaba muchos años teniendo el mismo sueño. Un sueño borroso y confuso, en el que se oían pasos, y gritos, aporreaban una puerta, y de pronto, al mismo tiempo que una risa inundaba su mente oía el sollozo desesperado, que siempre decía lo mismo:
“Voy a sacarte de aquí”
A veces aquella pesadilla se prolongaba, y lo último que veía era que ella salía por una ventana, y veía el cielo, con un sol grande y brillante, nubes blancas y el día luminoso, pero aquella luz hería de alguna manera.
Iziar no entendía ese sueño. ¿Sacarla de donde? Ella no corría peligro, vivía feliz con su familia, en Inglaterra.

La puerta de la habitación de Iziar se abrió, y la habitación se iluminó.
Un muchacho de su edad entró en la habitación, era alto, delgado, tenía una mata de pelo largo y castaño, y unos ojos color miel grandes; un poco achinados.
-         Iziar, levanta, vas a llegar tarde al instituto.-avisó.
Ella sonrió.
Tan sólo era Terry, su hermano. Se llevaban poco tiempo, Iziar era mayor que él por solo nueve meses. Pero ella parecía mucho más pequeña a su lado.
Saltó de la cama, alegremente, y llegó hasta el cuarto de baño dando saltitos, mientras Terry la observaba risueño.

Aquel día tocaba pizza para cenar, su madre no había tenido ganas de cocinar y la había encargado. Estaban todos sentados alrededor de la mesa.
La familia de Iziar estaba formada por solo tres personas. Su madre, Jane, alta, extremadamente delgada, con su pelo castaño recogido en un moño bajo, que siempre iba muy elegante. Terry que mordía la pizza con ferocidad. Y por último Iziar. Ella era diferente, pelirroja, con el pelo lacio que le caía por la espalda, tenía unos grandes ojos azules, claros y límpidos, del color del mar. Y tenía una piel tan fina y a la vez tan blanca. A veces, la joven londinense se descubría pensando que ella no encajaba en esa familia. Aún así le quedaba el consuelo de que se parecería a su padre, sí, aquel hombre que ni Terry ni ella conocían. Jane nunca hablaba de él, ni tenía intención de hacerlo. Nunca habían visto ni una simple foto de él.
Ese tema quedaba ya muy atrás.
Iziar llevaba una vida muy normal. Iba a un instituto con Terry, ambos estaban en la misma clase, estudiaba mucho más que su hermano. Y eso quizá se debía a que ella no tenía amigos. Se limitaba a estar con los amiguitos de Terry, que se reían de ella, la menospreciaban y la mayoría de las veces la ignoraban e intentaban echarla del grupo. Era entonces cuando su hermano pequeño se ponía a la defensiva o simplemente se alejaba con ella a otra parte. Eso a ella no le importaba, se repetía obsesivamente que le bastaba con su hermano, con él a su lado se sentía respaldada, segura, nada podría alcanzarla si él estaba con ella. Muchas veces con solo mirarse, sabían lo que querían decirse, su hermano incluso hablaba por ella.
Terry cumplía catorce años al día siguiente. Iba a ser en un sábado. Iziar le había comprado un regalo especial. Era el nuevo disco de su grupo favorito, Linkin Park, una versión especial en la que venían dos nuevas canciones. Terry llevaba suspirando por aquel disco dos meses.
Pero, justamente, aquella noche, en la víspera del cumpleaños de Terry, ocurrió lo inimaginable.
Estaban ya acabándose la cena, un día cualquiera, dentro de la rutina, del gris de todo los días. De repente, llamaron a la puerta, con fuerza. Jane se levantó a abrir. Eran más de las once y media. Hacía un frío que helaba los huesos y normalmente a esa hora no iba nadie de visita.
Los dos hermanos se quedaron en la cocina, estaban echando Spiderman 2 en la televisión, y ambos estaban más atentos a la película que al extraño que estaba en la puerta de su humilde casa.
La puerta de la entrada se abrió.
Spiderman luchaba contra el Doctor Octopus.
-         ¿Qué haces tú aquí? –se oyó la voz de Jane.
Una risita inundó el pasillo.
Spiderman estaba a punto de vencer.
-         ¡Sal de mi casa!-gritó entonces Jane.
Esta vez si que la oyeron. Terry e Iziar intercambiaron una mirada, extrañados.
-         Será un vagabundo.-bromeó su hermano, mirándola divertido, mientras mordisqueaba corteza de pizza.
Su madre alzó aún más el tono de voz:
-         ¡No eres bienvenido aquí! ¡Fuera!
Se oyó un estruendo. Esta vez si, los dos se levantaron. Y cuando llegaron al pasillo, vieron a su madre que se giraba hacia ellos, sorprendida, y un hombre, alto, delgado, ojos del mismo color que los de Terry, y de ricitos castaños estaba a su lado.
El hombre echó a Jane a un lado. Ella temblaba ante su presencia. Él, en cambio posó su mirada en Terry, estaba sereno, Terry se puso recto de repente.
-         Oh, Eileen, ¿No me dirás que le has ocultado a mi hijo la existencia de su padre? 
Terry temblaba levemente, Iziar lo miraba apoyada en la pared, oculta tras él.
-         ¿Papá? –dijo, mientras daba un paso hacia delante.
El hombre sonrió, ampliamente, le hizo un gesto para que se acercara.
-         Bueno.-dijo Jane.-Os dejo solos.  
Avanzó rápidamente por el pasillo, agarró a Iziar, y la introdujo en la cocina, sin que a ella le diera tiempo a reaccionar. En la pantalla ya aparecían los créditos de la película.
     - Iziar, sube a tu cuarto, no bajes hasta que yo te lo diga.-Pidió; había desesperación en su voz, sus ojos la miraban implorante.
-         Pero…-protestó mientras oía como el extraño le decía a Terry: ¿Qué nombre te ha dado tu madre? –Él es mi padre… yo también tengo derecho a…
-         Haz lo que te digo.-siguió ella, la agarraba por los hombros, y la miraba ahora con una nueva seriedad.
-         No quiero…
Jane frunció el ceño. Ambas intercambiaron una mirada, había algo extraño en los ojos de Jane, un punto de luz amarilla, luz amarilla, fue lo último que vio Iziar, antes de caer en los brazos de su madre, profundamente dormida. Cargó con ella hasta el armario que había en la cocina, y la metió dentro.
Cuando volvió al pasillo ya no había nadie allí. La puerta abierta de par en par.
-         El momento ha llegado.-dijo Jane, en voz alta, mientras lágrimas corrían por sus mejillas. No volvería a ver nunca más a su hijo. Y lo sabía.

Terry no recordaba muy bien lo sucedido. Restos de una pizza, Spiderman saltando de edificio en edificio, Iziar sentada a su lado, la llegada de su padre… Ahora se veía arrastrado por unos hombres, que lo metieron en una especie de carromato, lo ataron con cadenas doradas, que apretaban y oprimían su pecho, impidiéndole respirar bien. 
Llegaron a una gran puerta tallada en madera, unos pasillos llenos de luz, con una exquisita decoración, y lo encerraron en una habitación, igualmente blanca, bien iluminada por grandes ventanales.
Terry estuvo tirado en el suelo, intentando estirarse y liberarse de las cadenas. ¿Dónde estaba? ¿Qué era ese lugar?
Hasta que llegó un guardia de pelo claro, que lo agarró, lo cargó a volandas a través de un largo pasillo, de paredes llena de ricos tapices y con grandes lámparas de oro, que colgaban del techo.
Terry lo observaba todo, asombrado, perplejo, se creía que estaba en un sueño. Así que suspiró, y pensó que pasara lo que pasara despertaría, de aquel mundo loco.
Lo llevaron a una sala grande, donde pegadas a ambas paredes, había una fila de chicas, extrañas, vestidas con ropas livianas, de colores color pastel unas, e intensos colores, como el rosa fucsia, naranja y amarillo chillón. Unas tenían el pelo verde, a juego con su corto vestidito, otras lila, rosa claro, amarillo. Y lo más extraño de todo, aquellas alitas de colores transparentes y finas, que tenían  pegadas a la espalda.
Terry parpadeó varias veces, menudo sueño. ¿Lo llevaban a una convención de hadas?
Al fondo había una mujer de piel perfecta, de mejillas rosadas, pelo rubio recogido en un alto y extravagante moño, y unos grandes ojos claros, como el mar. Su vestido era de un color malva con filos morados, y estaba sentada en lo que parecía un trono, echo de fino cristal.
La mujer lo inspeccionó, de arriba abajo, recorriendo toda su persona con sus grandes ojos, su cara de muñeca Barbie estaba seria.
-         Déjalo en el suelo. –ordenó. Su voz era suave, melodiosa, clara y nítida, pero parecía tener autoridad.
Terry acabó en el suelo, pues el guardia lo soltó de mala manera, y todo el cuerpo le dolió.
La Barbie  frunció el ceño.
El guardia bajó la cabeza.
-         Retírate. –dijo ella, y el guardia desapareció de la habitación.
Las haditas se rieron.
Terry tragó saliva.
-         Bien, bien. Ya estás aquí.-su sonrisa era amigable, pero sus ojos expresaban algo raro.
-         Yo… -intentó hablar. Pero no salieron palabras de su boca.
Ella alzó las cejas, impaciente, y tamborileó sobre su rodilla.
-         Yo… oh, yo estoy soñando.-articuló él.
-         No estás en un sueño. ¿Tienes idea de donde estás, niño?
Terry negó con la cabeza, lentamente.
-         Estás en la otra dimensión, el lugar donde existen los cuentos de hadas.
Ya Terry supo con certeza que estaba soñando.
Ella se levantó, imponente.
-         ¿Piensas que sueñas? ¿De veras? –se colocó junto a él, olía a flores. –Te voy a demostrar que esto es verdad.
Acto seguido le pellizcó la mejilla, y Terry soltó una exclamación. Lo había sentido, y la dura realidad le hizo aterrizar bruscamente en la desesperación.
Bajó la cabeza.
-         ¿Cómo te llamas?
-         Te… Terry. –tartamudeó él.
-         Umm, Terry… ¿Te importa que compruebe una cosa?
Él se quedó mirándola, sin saber que hacer.
Su semblante agradable pasó a uno de impaciencia, apretó sus blancos dientes, con violencia le alzó la barbilla, Terry la observó, sin saber que decir.
Ella lo soltó. Luego sonrió, evidentemente satisfecha.
- Sin duda, eres lo que llevamos todo este tiempo esperando.
Ella se sentó en el trono de nuevo, suspiró.
Miró a una de las hadas y dijo:
-         Llama a Aksel.- Dijo.
El hada de pelo color malva asintió, y salió deslizando sus pies descalzos por el pasillo.
¿Quién era Aksel? Se preguntó Terry.
Ella se rizó sus rubios y sedosos mechones de pelo, mientras se mordía sus carnosos labios. Fue entonces que Terry preguntó:
-         Y… usted… ¿Quién…?
-         Yo, soy tu Señora, tu Jefa, Tu Reina. Soy Esplendora, dueña del destino de todas las criaturas de la Luz, mi palabra es la ley.
Una puerta trasera se abrió y apareció el hada de antes, acompañada de un hombre, que se situó al lado de Esplendora.
Terry abrió mucho los ojos. Al reconocer en él aquel extraño que decía ser su padre.
-         ¿Papá? ¿Tú…? ¿Tú también?
Él no pareció sobresaltarse al verle ahí. Lo miró de forma serena, con una calmada media sonrisa.
-         El hijo de Aksel –suspiró Esplendora.
-         ¿Cómo? ¿Aksel? –Terry era incapaz de creer nada, un sudor frío perlaba su frente.
La Reina sucumbió a un risita cantarina, extravagantemente burlona.
-         Oh, pequeño, ¡Hay tantas cosas que no sabes! –rió ella, curvando sus rosados labios.
-         Sí. –dijo Aksel.- No eres quien crees ser. Cuando el Sol se encuentre en el punto más alto del cielo, lo comprenderás.
-         Tienes una importante misión, chico. –siguió Esplendora.
-         ¿Y Iziar…? ¿Qué pasa con ella?
La expresión de la Reina cambió, al oír aquel nombre, su cara pareció cobrar cierto tono verdoso.
-         ¿Iziar?-dijo, como si escupiera cada letra de ese nombre.
-         Sí… mi hermana… estaba conmigo cuando…
Aksel y Esplendora se miraron. Terry no sabía el terrible error que había cometido.

Cuando despertó se encontraba en su cama. Dormida. Abrió los ojos. La habitación estaba en penumbra, ya casi era de día. Se levantó de la cama. Y salió al pasillo. Entró en el cuarto de Terry y lo encontró vacío. Tan vacío… todas sus pertenecías habían sido empaquetadas en cajas. Se quedó en la puerta temblando. ¿Qué había pasado?
-         ¿Terry?
-         No va a volver.-la sorprendió una voz a su espalda.
Iziar se giró.
Allí estaba su madre. Jane.
-         ¿Dónde se ha ido?-preguntó.
-         Está bien. No te preocupes.
-         ¡Quiero verle! ¡Quiero ir con él! –exigió Iziar.
-         No puedes.
-         Claro que puedo. –exclamó Iziar.-Solo dime donde está.
-         Él está bien. Está con su padre.
Sin duda, no se esperaba esa respuesta, que la dejó helada. Él debía ser también su padre y ella no le había concedido ni siquiera la oportunidad de conocerle.
-         ¿Dónde? -peguntó, cuando se sobrepuso.
Silencio.
-         ¡Mamá! ¿Dónde está Terry? ¿Por qué no puedo ir con él?
-         No.-la negativa fue rotunda.
-         ¿Por qué?
Jane suspiró.
-         Corres peligro. Haz las maletas, nos vamos de Londres.
-         ¡Yo no me voy a ninguna parte! –gritó Iziar, ligeramente histérica.  
Jane parecía estar a punto de echarse a llorar.
-         ¿Quieres que te maten?
Iziar palideció, perpleja.
-         Aléjate de Terry. –advirtió Jane.
-         No lo entiendo…-Gimoteó ella.
-         ¡Qué más da! –soltó abruptamente. -¡Vienes conmigo! ¡Si te pasara algo…! ¡Le prometí que te cuidaría!
Su madre le dio la espalda.
-         ¿A quien?
Jane giró la cabeza, hacia Iziar que tartamudeaba.
-         ¿A quién le prometiste que me cuidarías?
-         No debes saberlo.
-         ¡Claro que debo!
Jane bajó la cabeza.
-         Si.-admitió. –Quizá ya sea hora de que lo sepas.
Iziar asintió.
Las dos se sentaron en el sofá del salón.
Jane se había preparado un té, y sorbía despacio de la taza.
Iziar estaba pensativa, incapaz de aguantar por más el silencio. Así que se lanzó al ataque:
-         ¿Dónde está Terry?
-         Parte por parte.
De la boca de Iziar salió algo parecido a un gemido.
-         Dime ¿Tienes la más remota idea del lugar donde está Terry?
Iziar lo negó con la cabeza.
-         Es otra dimensión. –aclaró Jane.
-         ¿Cómo? –Iziar no entendió.
-         Lo que oyes.
-         No entiendo…
-         Es otra dimensión. Verás. Esa es la dimensión de la que provienen todos los monstruos de cuento. Brujas, brujos, hadas, duendes, magos, magas, vampiros, sirenas, hombres lobos…
-         Te estás quedando conmigo ¿no? 
-         ¡No! Escúchame. Pero, como sabrás en todos los cuentos, hay unas criaturas malas y otras buenas.
Iziar pensó que estaba soñando, así que decidió seguirle el rollo.
-         Y… las criaturas malas… amenazan a las buenas ¿No es así?
-         Al contrario. Todas las criaturas vivían juntas. Aunque las criaturas de la luz… es decir, las hadas, las sirenas, los duendes etc. Pues ellos tenían que seguir las órdenes de la Reina de la Luz y su familia. Y las criaturas de naturaleza oscura, estaban mandados por el Rey de las Sombras. Hasta que subió al trono, la Señorita Esplendora, que quiso acabar con la raza de la Luna, y lo está consiguiendo.
-         ¿Y eso que tiene de malo?
-         ¡Que son vidas, Iziar! –exclamó Jane, exasperada.
-         ¿Y qué? Son malos.
-         Es su naturaleza, Iziar. –la corrigió su madre. – Además, el padre de Terry es de la otra dimensión.
-         ¿Cómo?
-         Sí, es un mago del Reino de la Luz. El ministro de Esplendora. es su heredero. Terry nació para matarte. Ahora debo alejarte de él.
-         ¿Por qué iba a querer Terry matarme? –ironizó ella.
-         Tú también provienes de esa dimensión.
-         ¿Qué? ¿Y tú?
-         También.
-         ¿Y cual es el problema con Terry?
-         Eres mestiza.
-         No te entiendo.
-         Yo no soy tu madre.
Iziar estuvo a punto de caerse de espaldas. ¿Cómo? ¿Su madre se encontraba bajo los efectos de alguna droga? La miró, con las pupilas dilatadas por le terror. Temblando. Pero ella la miraba con tanta seriedad.
-         Ni el padre de Terry es tu padre. Él quiere destruirte. –continuó Jane.
Iziar jadeó. Todo parecía dar vueltas.
-         Tú autentico padre, te trajo a mí un día, eras solo un bebé… y llorabas. Tu padre también lloraba. Era de noche, él te acunaba en sus brazos como podía, y me suplicó que cuidara de ti. Tu padre era muy joven. Pero, sé que te quería… y que intentó protegerte. Cosa que no pudo hacer con tu madre.
Iziar temblaba. ¿Su padre? ¿Su verdadero padre? ¿Cómo podía ser?
-         No he vuelto a saber nada de él. –Dijo Jane, melancólica.- Quizá este muerto… -Jane le acarició el pelo. –Tenía el mismo color de pelo que tú… color caoba.
-         Para… -pidió ella.-Tú eres mi madre…
-         No, no soy tu madre. Tú madre es de la luz, y tú padre de la oscuridad. Esa el razón por la que quieren matarte, eres impura.
-         ¡No! – Iziar meneó la cabeza, poco convencida.
-         Asume la verdad. –dijo Jane, con dureza.- Y recoge tus cosas, nos vamos. Vístete. Ellos ya deben de saber donde encontrarte.
Ella frunció el ceño, asintió, inconforme. Subió las escaleras. Se puso unos pantalones vaqueros, un jersey azul marino, y unas botas de cuero. Hizo una pequeña maleta, siempre bajo la presión de Jane, que le instaba, para que se apresurase.


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